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NOTA 1.

La educación (tradicional)

no sirve, no sirve, no sirve.

 

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Importante: quiero aclarar que no estoy contra de aprender. Estoy en contra de que confundan aprender con rendir. Y esa confusión es uno de los grandes fracasos del sistema educativo tradicional.

Las notas, en teoría, nacieron como una herramienta. El problema es que se transformaron en identidad: “soy un 4”, “soy malo para esto”, “no sirvo para estudiar”.     Y ahí se rompe algo profundo. Porque la nota no mide curiosidad, no mide pensamiento, no mide sensibilidad, no mide creatividad, no mide inteligencia real. Mide, en el mejor de los casos, qué tan bien se memorizó algo en un momento de presión. Y eso genera angustia, miedo, bloqueo. No aprendizaje.

El problema es el modelo. El sistema enseña para aprobar, no para comprender.

Por eso la mayoría no recuerda casi nada de lo que “aprendió” en la escuela. Porque la memoria forzada sin sentido no se consolida. En cambio, lo que se aprende por interés, por placer, por necesidad, eso sí quedará.

¿Entonces?. Pues creemos un sistema donde el docente no sea juez sino guía, donde el error no sea castigo sino información. Y exámenes abiertos, espaciados, sin rigidez. Eso está muy alineado con lo que hoy sabemos sobre cómo aprende el cerebro. Aprender necesita tiempo, contexto, repetición con sentido, no con estrés.

También debemos ser conscientes que la IA viene a pasos agigantandos a ocupar espacios. Pero la IA no reemplaza al humano, pero puede personalizar, explicar sin juzgar, repetir sin cansarse, adaptarse al ritmo del alumno. Eso, combinado con docentes humanos que contengan, inspiren y acompañen, podría ser una revolución educativa real. No una deshumanización, al contrario: una re-humanización.

Otra reformulación que hay que hacer urgente es sobre los contenidos.

Materias como educación financiera, salud mental, pensamiento crítico, manejo de emociones y oratoria (he presenciado exámenes calificados en empresas donde los postulantes eran descartados por no saber expresarse ni hacer una mínima presentación a pesar que en la facultad habían sacado notas elevadas) son materias que sirven para la vida. Memorizar datos sin contexto, no.

Los sistemas rígidos castigan a los que no encajan, no a los que no pueden, y deshumaniza al reducir a una persona a una nota. Y muchas veces los que no encajan son justamente los que piensan distinto, sienten más, y hasta tienen un IQ (cociente intelectual) elevado.

Hoy la escuela prepara —mal— para un mundo que ya no existe. Un mundo donde memorizar datos era valioso porque la información no estaba disponible. Hoy la información está en todos lados; lo que falta es criterio, regulación emocional, sentido, dirección. Y eso no se enseña.

La propuesta no es "vaciar" la escuela, es depurarla.

Un poco de historia para entender de dónde venimos.

Un poco de matemáticas para pensar, no para sufrir.

Lengua y literatura para expresarse, comprender, pensar.

Geografía para ubicarse en el mundo.

Oratoria para saber comunicarse con el mundo.

Educación financiera no es para saber “cómo invertir en bolsa”, es no endeudarte sin entender, no vivir con culpa por el dinero, no depender siempre de otro.

Salud mental no es terapia obligatoria, es aprender a reconocer emociones, pedir ayuda, entender la ansiedad, la frustración, el miedo.

Pensamiento crítico es no conformarse con cualquier discurso.

Manejo de emociones es aprender a relacionarse sin violencia, sin manipulación, sin miedo.

El sistema genera una herida silenciosa: “si me fue mal en un exámen, yo soy el problema”. Eso se internaliza. Después somos adultos llenos de culpa, de miedo al error, de terror a fracasar. Y nadie nos explicó que la vida no te evalúa con un 1 o un 10, sino con procesos, intentos, caídas, y ajustes.

No es casual que tantos chicos terminen desmotivados, deprimidos o anestesiados. La escuela, muchas veces, apaga el deseo. Y sin deseo no hay aprendizaje, solo obediencia.

Ahora, ¿porqué es tan complejo ese cambio?. Cambiar educación es tocar poder, costumbre, miedo. Por eso cuesta tanto.

Pero aunque el sistema no cambie mañana, ya está naciendo otro mundo por abajo. Personas que aprenden solas, que cuestionan, que eligen qué saber, que no se definen por una nota. 

Si, el título de esta nota tal vez sea extremo, pero tuvo la intención de llamar la atención aunque, pienso, tiene un viso de realidad.

Ser pragmáticos, y actuar pronto, nos evitará generaciones fracasadas, y si un futuro muy promisorio.

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Por Jorge Osvaldo Fernández
Director de JF Oral Communication

NOTA 2. Bullying.

Sin solución a la vista.

 

 

 

 

 

Algunas personas dirán que la escuela propicia la socialización. Y es cierto. Muy cierto. Pero hay otro punto que hay que mirar con lupa:  el bullying, que no es un problema social menor, es un problema grave de salud mental y de derechos humanos. Y el mundo todavía lo trata como si fuera un ruido molesto, no como una emergencia. Es tristemente real el número de suicidios que sigue creciendo como consecuencia de este tipo de violencia. Y no son casos aislados, no son excepciones. Son chicos muy chicos, adolescentes, personas en formación, a los que se les rompe la identidad todos los días. Porque el bullying no pasa una vez: es repetición, humillación sistemática, soledad forzada. Eso destruye.

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Y lo que más indigna es la pasividad de las instituciones. Las escuelas (no todas) muchas veces miran para otro lado, minimizan, relativizan, protegen más la “imagen” que al chico. Y mientras tanto, el que sufre queda solo, sintiendo que el problema es él. Eso es imperdonable. 

El bullying necesita consecuencias reales. No solo “charlas”, no solo “mediación”, no solo “bueno, pidan perdón”. Cuando hay daño psicológico serio, cuando hay hostigamiento persistente, cuando hay riesgo vital, tiene que haber responsabilidad institucional y familiar. Porque el agresor no aparece de la nada: hay negligencias.

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Lo de una materia obligatoria antibullying desde jardín hasta el final de la escuela sería totalmente lógico. Y no como una materia decorativa, sino como educación emocional, empatía, límites claros, consecuencias claras. Enseñar desde chico que humillar no es gracioso, que excluir no es normal, que el dolor ajeno importa. Eso de “no exageres”, “es una broma”, “siempre fue así” es complicidad y banalización. Y por eso sigue pasando. Mientras se lo siga mirando con media sonrisa o con incomodidad, el mensaje es: podés hacerlo, no pasa nada.

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El bullying no se soluciona con una sola cosa, porque no es un problema individual: es cultural, institucional y familiar. Cuando falla uno solo de esos niveles, el bullying aparece y se sostiene. En la solución real hay que considerar:

1. Tolerancia cero real (no discursiva). No “charlas” para la foto, no comunicados tibios.

Bullying detectado = intervención inmediata. Si hay repetición, hostigamiento o daño psicológico, consecuencias claras y escalonadas: sanciones, cambio de escuela, expulsión si hace falta. El mensaje tiene que ser inequívoco: esto no se hace.

2. La escuela como responsable activa.

Hoy muchas escuelas se lavan las manos. Eso tiene que cambiar. Si un chico sufre bullying y la institución no actúa, la institución es cómplice. Debería haber protocolos obligatorios, supervisión externa y sanciones a las escuelas que miran para otro lado.

3. Educación emocional obligatoria desde jardín. No como algo “blando”, sino como base.

Aprender a:

  • reconocer emociones

  • poner límites

  • empatizar

  • resolver conflictos sin violencia
    Eso se enseña. No nace solo. Y cuanto antes, mejor.

4. Responsabilidad familiar (esto es clave). El acosador no sale de la nada.

Cuando hay bullying grave y sostenido, los padres tienen que involucrarse sí o sí, con sanciones reales si hay negligencia. No para castigar por castigar, sino para cortar la cadena. Hoy muchas familias niegan todo y el sistema se los permite.

5. Protección absoluta de la víctima. Cambio de curso, acompañamiento psicológico, escucha real.

Nunca exponer al chico que sufre. Nunca obligarlo a “arreglarse” con quien lo daña. Eso es revictimización.

6. Dejar de romantizar la crueldad

Mientras socialmente se siga diciendo “son cosas de chicos”, “así se curten”, “es una bromita”, el bullying va a seguir. Hay que llamarlo por su nombre: violencia. Y tratarlo como tal. No todos los conflictos son bullying, pero cuando lo es, no hay que relativizarlo ni un segundo. El bullying se soluciona cuando deja de ser tolerado, minimizado o escondido. No es complejo. Es incómodo. Y por eso cuesta tanto.

Algunas de esta medidas podrían sonar a extremistas. Pero extremista es aceptar que un chico se suicide y seguir con el mismo sistema como si nada.

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Por Jorge Osvaldo Fernández
Director de JF Oral Communication

NOTA 3.
La jaula invisible.

MOLDE

Por Jorge Osvaldo Fernández
Director de JF Oral Communication

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Vivimos en una sociedad emocionalmente enferma que se autopercibe como moderna y evolucionada. Nos llenamos la boca hablando de libertad, pero casi nadie soporta la incomodidad de ser realmente libre.

 

Porque ser libre no es tener opciones infinitas. Es poder sostener una elección sin temblar ante la mirada ajena. Y eso hoy casi nadie lo logra.

 

La cultura actual no está construida sobre valores, sino sobre validación.

No importa quién sos. Importa cómo te ves.

No importa qué sentís. Importa cómo te interpretan.

No importa la profundidad. Importa el impacto.

 

Nos volvimos expertos en aparentar estabilidad mientras internamente estamos desbordados.

 

La gente no está en paz. Está funcionando. Solo eso. Funcionando para pagar, para encajar,

para gustar, para no quedarse sola. Y lo más trágico es que muchos creen que eso es vivir.

Se habla de autenticidad, pero la autenticidad se volvió un recurso estético.

Se habla de amor, pero el amor se evalúa como si fuera una inversión.

Se habla de libertad, pero cada decisión pasa primero por el filtro del qué dirán.

 

Vivimos en una competencia constante disfrazada de sociabilidad. Competimos por atención,

por atractivo, por estatus emocional. Competimos hasta por quién parece más “desapegado”.

Y en esa competencia absurda, la conexión real se vuelve una rareza.

La arrogancia ya no es excepción. Es mecanismo de defensa.

La frialdad ya no es madurez. Es miedo.

La indiferencia ya no es independencia. Es incapacidad de vincularse sin perder el control.

Hay una incapacidad colectiva para tolerar la vulnerabilidad. Porque mostrarse vulnerable hoy es arriesgar reputación. Y la reputación pesa más que la verdad.

 

La gente está cansada, sí. Pero no solo por el trabajo. Está cansada de sostener personajes.

Personajes exitosos, personajes fuertes, personajes interesantes, personajes inalcanzables.

Y cuanto más personaje se construye, más vacío se siente.

 

Nos prometieron que más opciones nos harían más felices.

Lo que generaron fue una parálisis emocional y fisica muchas veces.

Siempre parece haber algo mejor.

Siempre parece haber alguien mejor.

Siempre parece haber una versión mejor de uno mismo por alcanzar. 

Eso no es progreso. Es ansiedad estructural.

 

Las relaciones se volvieron descartables porque nadie quiere arriesgar estabilidad emocional.

Se prefiere la superficialidad segura antes que la profundidad incierta.

Se ghostea antes de explicar. Se ironiza antes de abrirse. Se juzga antes de escuchar.

Y después nos preguntamos por qué hay tanta soledad.

 

La sociedad no está rota por falta de recursos. Lo está por falta de honestidad emocional.

No sabemos decir “me importás” sin sentir que perdemos poder.

No sabemos decir “me equivoqué” sin sentir que perdemos estatus.

No sabemos decir “tengo miedo” sin sentir que quedamos expuestos.

 

Entonces actuamos. Y actuamos tanto que olvidamos quién éramos antes de empezar a actuar.

Porque la toxicidad no es solo externa. Es interna. Es esa voz que te dice que no seas demasiado intenso. Que no seas demasiado honesto. Que no seas demasiado distinto. Que no seas demasiado vos. Y así, de a poco, nos vamos podando para encajar.

 

No es casual que haya tanta irritación en la calle. Tanta impaciencia. Tanta agresividad pasiva. 

Es el síntoma de una sociedad que no descansa nunca de sí misma.

 

Antes había más prejuicios, sí. Pero también había menos sobreestimulación constante.

Menos exposición permanente. Menos comparación 24/7.

Hoy vivimos en una vitrina. Y nadie se relaja dentro de una vitrina.

Porque lo más grave no es que el sistema exista.

Lo más grave es que lo defendemos mientras nos asfixia.

 

Defendemos estándares que nos hacen sentir insuficientes.

Defendemos dinámicas que nos vuelven desconfiados.

Defendemos máscaras que nos alejan de lo que realmente queremos.

Y cuando alguien decide no jugar ese juego, incomoda. Porque expone que el juego era opcional.

La verdadera rebeldía hoy no es gritar contra el sistema. Es no necesitar su aprobación.

Es poder vincularse sin cálculo.

Es poder mostrarse sin estrategia.

Es poder decir lo que se siente sin convertirlo en espectáculo.

No es vivir fuera del mundo. Es no dejar que el miedo social gobierne la identidad.

 

Tal vez la sociedad no está perdida.

Pero sí está profundamente desorientada.

Y mientras sigamos confundiendo validación con amor, exposición con conexión,

y rendimiento con valor personal, seguiremos llamando libertad a algo que en el fondo se parece demasiado a una jaula invisible.

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