Every time i look at you - KISS
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LA PELÍCULA

 

Por fin Julia encontró un trabajo. Meses pasaron desde que envió su último currículum. Se indignaba que el mercado laboral la considerara una “vieja” a sus 28 años.

 

Igualmente el puesto de asistente del Director de RR.HH. no estaba nada mal. Su jefe siempre llegaba antes que ella y, a decir verdad, era muy amable y cordial en el trato diario.

 

Pasó un mes y cuando llegó vió en su escritorio un dibujo increíble: era una luna y sus ojos dibujados con un hiperrealismo fantástico. Nunca le gustaron los anónimos, pero este no le disgustó. Pasaron unos diez días y recibió otro. En este caso la imagen era la de una bicicleta. ¿Quién será?. Pregunta que empezó a hacerse, entre incómoda y sorprendida.

 

Julia era muy observadora, y se dio cuenta que las firmas de los papeles que su jefe le daba para enviar a los diferentes sectores de la empresa estaban escritas con un trazo muy similar y la misma tinta que los dibujos recibidos.

 

Aquel jueves recibió un corazón dibujado en 3D que la dejó boquiabierta. Al día siguiente llegó mucho más temprano que su jefe. Buscó la lapicera que él suele usar, hizo unos trazos y, efectivamente, era la misma.

 

Julia no estaba en pareja. Hacía varios meses que había abandonado a un novio inmaduro y la nueva oportunidad que la vida le había servido no pensaba dejarla pasar. Le gustó que su jefe haya advertido los detalles de sus ojos, y que la invitara a andar en bicicleta. Incluso se condolió de la supuesta timidez del hombre y el método empleado para el acercamiento.

 

A medida que pasaban los días, su pollera se fue acortando, y el escote invitaba a la distracción masculina. La amabilidad hacia su jefe se fue aggiornando de seducción. El hombre, para ella, era un excelente simulador. La desconcertaba que por momentos parecía incómodo.

 

Un día llegó el dibujo de la fachada de un bar muy coqueto y conocido de esa zona de Vicente López, y un mensaje “Viernes próximo. 18.30. Mesa al lado de la ventana”.

 

Era raro. Porque tenía todo el simbolismo de una cita a ciegas que no lo era.

 

Aquel viernes a las 17.55, cinco minutos antes de salir de su trabajo, miró a su jefe, simuló un beso mezclado con sonrisa, y corrió al baño a estrenar el perfume francés que había comprado en doce cuotas sin interés.

 

Pidió un taxi, y las catorce cuadras que la separaban de lugar se hicieron noventa. La ansiedad y la necesidad afectiva ralentizaban el recorrido.

 

Llegó, se sentó en la mesa al lado de única ventana, y esperó, con sus ojos clavados en la puerta de entrada.

 

Sonaba un tema lento de Kiss en un parlante que asomaba detrás de una columna cuando un joven se sentó en su mesa sorpresivamente. –“Gracias por venir”, le dijo Matías.

Ella creyó haberlo visto alguna vez.

Y empezó un relato inquietante: “Me alegra que hayas interpretado mis dibujos. Por si te quedó alguna duda sobre alguno, bueno, la luna es porque entro de madrugada a trabajar y siempre pienso en tus ojos, la bicicleta es mi herramienta de trabajo y darte la pista que soy el cadete que cada día te deja cartas, y el corazón, bueno, es lo que en este momento late furioso”, dijo pícaramente.

 

Ella escuchó sin hablar. Él continuó: “-Espero que tu jefe no se haya dado cuenta que le usé su lapicera. Tiene un trazo hermoso, ¿te diste cuenta?”.

 

La app que falsea llamados sonó en ese instante tal cual la había programado por si la charla con su jefe se complicaba. No era su jefe quien tenía adelante, pero si se complicó. La excusa de “un llamado urgente de su madre” la hizo huir del lugar confundida, enojada, desconcertada.

 

La actual secretaria del responsable de RR. HH. fue quien le informó del pase. “Conducta inapropiada” fue la excusa para cambiarla de sector.

 

La sección “Cadetería” de la empresa está en el primer subsuelo. Julia está a cargo de la parte administrativa.

 

Hoy, Julia y Matias no son novios. Pero son excelentes compañeros de trabajo.